4 de Febrero del 2026

4a Semana Ordinario

San Andrés Corsini (1373)

 

2Sm 24,2.9-17 Perdona la culpa de tu siervo, porque he hecho una locura

Sal 32: «Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado» 

Mc 6,1-6: A un profeta lo desprecian sólo en su patria

Saliendo de allí, Jesús se dirigió a su ciudad, acompañado de sus discípulos. 

2 Un sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud que lo escuchaba comentaba asombrada: ¿De dónde saca éste todo eso? ¿Qué clase de sabiduría se le ha dado, que tamaños milagros realiza con sus manos? 

3 ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? Y esto era para ellos un obstáculo. 

4 Jesús les decía: A un profeta lo desprecian sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa. 

5 Y no podía hacer allí ningún milagro, salvo unos pocos enfermos a quienes impuso las manos y curó. 

6 Y se asombraba de su incredulidad. Después recorría las aldeas vecinas enseñando.

 

Comentario 

El evangelio de hoy nos muestra a Jesús en su ciudad, Nazaret, enseñando en la sinagoga un sábado. Sus vecinos y conocidos se admiran de sus enseñanzas, pero rápidamente comienzan a cuestionar su legitimidad, pues saben de dónde viene y quién es su familia. Este conocimiento, que debería jugar a su favor, termina siendo un obstáculo. La reacción de su gente impide que Jesús realice muchos milagros, como señala el evangelio. Esta escena nos invita a reflexionar sobre nuestra vivencia de comunidad eclesial. Muchas veces no aceptamos el liderazgo y el servicio de aquellos hermanos en la fe que conocemos bien, y esta actitud es un impedimento para construir una Iglesia más laica, más sinodal y menos clerical. La expresión “nadie es profeta en su tierra” merece ser reevaluada desde nuestra experiencia comunitaria. Todos hemos sido llamados a una vocación de servicio al pueblo de Dios, a nuestra propia comunidad. Es en ese servicio donde nuestra verdadera misión cobra sentido. 

Pensamiento del día.

“Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar” (CV 119).