2 de Agosto de 2026
18a Ordinario
Ntra. Sra. de los Ángeles (Costa Rica)
San Eusebio de Vercelli (371)
San Pedro Julián Eymard (1868)
Isaías 55,1-3: Dense prisa y coman
Salmo 145: «Abres tú la mano, Señor, y nos llenas de favores»
Romanos 8,35.37-39: Nadie podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo»
Mateo 14,13-21: Comieron todos hasta quedar satisfechos
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Batista, se fue de allí en barca, él solo, a un paraje despoblado. Pero lo supo la multitud y lo siguió a pie desde los poblados.
14 Jesús desembarcó y, al ver la gran multitud, se compadeció y sanó a los enfermos.
15 Al atardecer los discípulos fueron a decirle: El lugar es despoblado y ya es tarde; despide a la multitud para que vayan a los pueblos a comprar algo de comer.
16 Jesús les respondió: No hace falta que vayan; denle ustedes de comer.
17 Respondieron: Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados.
18 Él les dijo: Tráiganlos.
19 Después mandó a la multitud sentarse en la hierba, tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al cielo, dio gracias, partió el pan y se lo dio a sus discípulos; ellos se lo dieron a la multitud.
20 Comieron todos, quedaron satisfechos, recogieron las sobras y llenaron doce canastos.
21 Los que comieron eran cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
Comentario
La imagen de Dios que nos presentan los textos bíblicos de este domingo es la de un Dios que se desborda de amor, sembrando vida en este universo maravilloso. Como dice el salmo, es un Dios que abre su mano y sacia de bienes a todo ser viviente. Un Dios, puro amor, que nos invita a compartir una mesa inmensa, donde la comida no se compra con dinero. Está preparando una comida para todos, una fiesta fraterna donde todos tenemos un lugar.
El poeta y místico Juan de la Cruz lo expresó con estas palabras en su “Cántico Espiritual”: “Mil gracias derramando pasó por estos sotos con premura, y, yéndolos mirando con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura”. Es una cena “que recrea y enamora”, como él mismo dice. Hoy, en esta eucaristía, todos estamos invitados a beber de esa agua pura.
La mesa compartida es el símbolo más hermoso del sueño de Dios, un sueño que nos reveló Jesús en sus parábolas del Reino. San Pablo nos anima a dejarnos enamorar por este amor desbordante que se ha manifestado en Cristo. Nada debe separarnos de este amor: ni persecuciones ni la misma muerte.
Nuestra tarea es colaborar en este proyecto de Dios, dejando atrás el sufrimiento de los inocentes, el hambre y el poder de la muerte. Debemos ofrecer los “cinco panes y dos peces” que tenemos, desde nuestra pobreza, ayudando a que la gente se siente en comunidad y comparta los bienes que Dios nos da. El primer paso, como nos dice el evangelio, es compadecernos del sufrimiento de los pobres y entregar, aunque sea un poquito, como lo hicieron los discípulos. Sin ese pequeño aporte, Jesús no habría realizado su signo profético.
Hoy, bebamos de esta fuente de agua viva que Jesús nos ofrece, como dijo en el Templo: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba” (Jn 7,37), o como le dijo a la Samaritana: “Si conocieras el don de Dios… te habría dado agua viva” (Jn 4,10).
¿Cómo estamos viviendo nuestra relación con Dios? ¿Sentimos su presencia? ¿Estamos colaborando en la organización de comidas fraternas, sentando a la mesa a los hambrientos de justicia? ¿Celebramos nuestras eucaristías con esta conciencia?
Pensamiento del día.
“Ten fe en Dios y confía en su providencia. Al compartir con los demás, descubrirás que lo poco se multiplica y llena de satisfacción tanto tu corazón como el de quienes te rodean” (Dania Aguilera, Inst. Claret Temuco, Chile).