3 de Abril del 2026

Viernes Santo 

 

 

Is 52,13–53,12: Fue traspasado por nuestras rebeldías

Sal 31: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»

Heb 4,14-16; 5,7-9: Se ha convertido en autor de salvación     

Jn 18,1–19,42: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

 

Dicho esto, salió Jesús con los discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto; allá entró él con sus discípulos.

  Judas, el traidor, conocía el lugar, porque Jesús muchas veces se había reunido allí con sus discípulos. Entonces Judas tomó un destacamento y algunos empleados de los sumos sacerdotes y los fariseos, y se dirigió allá con antorchas, linternas y armas.

  Jesús, sabiendo todo lo que le iba a pasar, se adelantó y les dice:

   —¿A quién buscan?

  Le respondieron:

   —A Jesús, el Nazareno.

   Les dice:

   —Yo soy.

   También Judas, el traidor, estaba con ellos. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron al suelo.

  Les preguntó de nuevo:

   —¿A quién buscan?

   Le respondieron:

   —A Jesús, el Nazareno.

  Contestó Jesús:

   —Ya les dije que yo soy, pero, si me buscan a mí, dejen ir a éstos.

  Así se cumplió lo que había dicho: No he perdido ninguno de los que me has confiado.

  Simón Pedro, que iba armado de espada, la desenvainó, dio un tajo al sirviente del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. El sirviente se llamaba Malco.

  Jesús dijo a Pedro:

   —Envaina la espada: ¿Acaso no beberé la copa que me ha ofrecido mi Padre?

  El destacamento, el comandante y los agentes de los judíos arrestaron a Jesús, lo ataron y se lo llevaron primero a Anás que era suegro de Caifás, el sumo sacerdote de aquel año. Caifás era el mismo que había dicho a los judíos, que era mejor para ellos que un solo hombre muriese por el pueblo.

  Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Como ese discípulo era conocido del sumo sacerdote, entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba afuera, en la puerta.

   Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera y ésta dejó entrar a Pedro.

  La sirvienta de la portería dice a Pedro:

   —¿No eres tú también discípulo de ese hombre?

   Contesta él:

   —No lo soy.

  Como hacía frío, los sirvientes y los guardias habían encendido fuego y se calentaban. Pedro estaba con ellos protegiéndose del frío.

  El sumo sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su enseñanza.

  Jesús le contestó:

   —Yo he hablado públicamente al mundo; siempre enseñé en sinagogas o en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas? Interroga a los que me han oído hablar, que ellos saben lo que les dije.

  Apenas Jesús dijo aquello, uno de los guardias presentes le dio una bofetada y le dijo:

   —¿Así respondes al sumo sacerdote?

  Jesús contestó:

   —Si he hablado mal, demuéstrame la maldad; pero si he hablado bien, ¿por qué me golpeas?

  Anás lo envió atado al sumo sacerdote Caifás.

  Simón Pedro seguía junto al fuego. Le preguntan:

   —¿No eres tú también discípulo suyo?

   Él lo negó:

   —No lo soy.

  Uno de los sirvientes del sumo sacerdote, pariente de aquél a quien Pedro había cortado la oreja, insistió:

   —¿Acaso no te vi yo con él en el huerto?

  Pedro volvió a negarlo y en ese momento cantó el gallo.

  Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era temprano. Ellos no entraron en el pretorio para evitar contaminarse y poder comer la Pascua.

  Pilato salió afuera, a donde estaban, y les preguntó:

   —¿De qué acusan a este hombre?

  Le contestaron:

   —Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado.

  Les replicó Pilato:

   —Entonces, tómenlo y júzguenlo según la legislación de ustedes.

   Los judíos le dijeron:

   —No nos está permitido dar muerte a nadie. Así se cumplió lo que Jesús había dicho sobre la manera en que tendría que morir.

  Entró de nuevo Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó:

   —¿Eres tú el rey de los judíos?

  Jesús respondió:

   —¿Eso lo preguntas por tu cuenta o porque te lo han dicho otros de mí?

  Pilato respondió:

   —¡Ni que yo fuera judío! Tu nación y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?

  Contestó Jesús:

   —Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis soldados habrían peleado para que no me entregaran a los judíos. Pero mi reino no es de aquí.

  Le dijo Pilato:

   —Entonces, ¿tú eres rey?

   Jesús contestó:

   —Tú lo dices. Yo soy rey: para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Quien está de parte de la verdad escucha mi voz.

  Le dice Pilato: —¿Qué es la verdad? Dicho esto, salió de nuevo a donde estaban los judíos y les dijo: —No encuentro en él culpa alguna. Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a un preso durante la fiesta de la Pascua. ¿Quieren que suelte al rey de los judíos?

  Volvieron a gritar:

   —A ése no, suelta a Barrabás. Barrabás era un asaltante.

  Entonces Pilato se hizo cargo de Jesús y lo mandó azotar. Los soldados entrelazaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; lo revistieron con un manto rojo, y acercándose a él le decían:

   —¡Salud, rey de los judíos!

   Y le pegaban en la cara.

  Salió otra vez Pilato afuera y les dijo:

   —Miren, lo saco afuera para que sepan que no encuentro en él culpa alguna.

  Salió Jesús afuera, con la corona de espinas y el manto rojo.

   Pilato les dice:

   —Aquí tienen al hombre.

  Cuando los sumos sacerdotes y los policías del templo lo vieron, gritaron:

   —¡Crucifícalo, crucifícalo!

   Les dice Pilato:

   —Tómenlo ustedes y crucifíquenlo, que yo no encuentro en él ningún motivo de condena.

  Le replicaron los judíos:

   —Nosotros tenemos una ley, y según esa ley debe morir, porque se ha hecho pasar por hijo de Dios.

  Cuando Pilato oyó aquellas palabras, se asustó mucho.

  Entró en el pretorio y dice de nuevo a Jesús:

   —¿De dónde eres?

   Jesús no le dio respuesta.

  Le dice Pilato:

   —¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?

  [Le] contestó Jesús:

   —No tendrías poder contra mí si no te lo hubiera dado el cielo. Por eso el que me entrega es más culpable.

  A partir de entonces, Pilato procuraba soltarlo, mientras los judíos gritaban:

   —Si sueltas a ése, no eres amigo del César. El que se hace rey va contra el César.

  Al oír aquello, Pilato sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbata. Era la víspera de Pascua, al mediodía. Dice a los judíos:

   —Ahí tienen a su rey.

  Ellos gritaron:

   —¡Afuera, afuera, crucifícalo!

   Les dice Pilato:

   —¿Voy a crucificar a su rey?

   Los sumos sacerdotes contestaron:

   —No tenemos más rey que el César.

  Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Se lo llevaron; y Jesús salió cargando él mismo con la cruz, hacia un lugar llamado La Calavera, en hebreo Gólgota. Allí lo crucificaron con otros dos: uno a cada lado y en medio Jesús.

  Pilato había hecho escribir un letrero y clavarlo en la cruz. El escrito decía: Jesús el Nazareno, rey de los Judíos.

  Muchos judíos leyeron el letrero, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad. Además, el letrero estaba escrito en hebreo, latín y griego.

  Los sumos sacerdotes dijeron a Pilato:

   —No escribas: Rey de los judíos, sino: Éste ha dicho: Soy rey de los judíos.

  Pilato contestó:

   —Lo escrito, escrito está.

  Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron su ropa y la dividieron en cuatro partes, una para cada soldado; tomaron también la túnica. Era una túnica sin costuras, tejida de arriba abajo, de una pieza. Así que se dijeron:

   —No la rasguemos; vamos a sortearla, para ver a quien le toca.

   Así se cumplió lo escrito:

   Se repartieron mi ropa

   y se sortearon mi túnica.

   Es lo que hicieron los soldados.

  Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María la Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo predilecto, dice a su madre:

   —Mujer, ahí tienes a tu hijo.

  Después dice al discípulo:

   —Ahí tienes a tu madre.

   Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.

  Después, sabiendo que todo había terminado, para que se cumpliese la Escritura, Jesús dijo:

   —Tengo sed.

  Había allí un jarro lleno de vinagre. Empaparon una esponja en vinagre, la sujetaron a una caña y se la acercaron a la boca.

  Jesús tomó el vinagre y dijo:

   —Todo se ha cumplido. Dobló la cabeza y entregó el espíritu.

  Era la víspera del sábado, el más solemne de todos; los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos para que no quedaran en la cruz durante el sábado.

  Fueron los soldados y quebraron las piernas a los dos crucificados con él.

  Al llegar a Jesús, viendo que estaba muerto, no le quebraron las piernas; sino que un soldado le abrió el costado con una lanza. En seguida brotó sangre y agua.

  El que lo vio lo atestigua y su testimonio es verdadero; él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.

  Esto sucedió de modo que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ni un hueso; y otro pasaje de la Escritura dice: Mirarán al que ellos mismos atravesaron.

  Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús, por miedo a los judíos, pidió permiso a Pilato para llevarse el cadáver de Jesús. Pilato se lo concedió. Él fue y se llevó el cadáver. Fue también Nicodemo, el que lo había visitado en una ocasión de noche, llevando cien libras de una mezcla de mirra y áloe.

  Tomaron el cadáver de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos.

  En el lugar donde había sido crucificado había un huerto y en él un sepulcro nuevo, en el que nadie había sido sepultado. Como era la víspera de la fiesta judía y como el sepulcro estaba cerca, colocaron allí a Jesús.

 

Comentario 

El evangelio nos presenta la noche de la traición y el sufrimiento: Jesús es arrestado, interrogado y negado por Pedro. Es el momento en que la violencia parece triunfar sobre la verdad y el discipulado se tambalea. Cada paso lleva a Jesús más cerca de la cruz, donde su entrega y el torrente de amor que brota de su costado testifican el sacrificio más grande.

La cruz no es solo un símbolo de sufrimiento, sino de redención. En ella, se revela el amor incondicional de Dios. Aunque vemos un cuerpo herido y humillado, la Escritura nos enseña a encontrar esperanza en medio del dolor. Hoy somos invitados a contemplar al Crucificado. No hacen falta palabras, solo la apertura del corazón para reconocer en Jesús sufriente la presencia de Dios. ¿Podemos ver en la cruz el mayor acto de amor? ¿Estamos dispuestos a dejar que transforme nuestra vida?

 

Pensamiento del día.

“En su entrega, nos dio vida; en su amor, nos ofreció la salvación” (Mayte Susoni, Colegio Claretiano de Lima, Perú).