Diario Bíblico en Español



18 de Enero del 2026

2a Semana Ordinario 

Santa Prisca (Siglo I) 

Isaías 49,3.5-6: «Te hago luz de las naciones para que seas mi Salvación»

Salmo 40: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad»

1 Corintios 1,1-3: «La gracia y la paz de parte de Dios y de Jesús sean con ustedes»   

Juan 1,29-34: «Éste es el Cordero de Dios»

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: Ahí está el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 

30 De él yo dije: Detrás de mí viene un hombre que es más importante que yo, porque existía antes que yo. 

31 Yo no lo conocía, pero vine a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel. 

32 Juan dio este testimonio: Contemplé al Espíritu, que bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él. 

33 Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar me había dicho: Aquel sobre el que veas bajar y posarse el Espíritu es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. 

34 Yo lo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios.

 

Comentario 

El profeta Isaías, en sus palabras dirigidas al pueblo de Israel, transmite un mensaje lleno de esperanza y exhortación. Dios se siente orgulloso de su pueblo y lo llama a ser luz para las naciones. La relación entre Dios e Israel pasó por diversas etapas difíciles hasta consolidarse como un modelo para los demás pueblos de la tierra. El Dios de Israel no es solo un Dios de poder, sino un Dios liberador, que ofrece salvación. Este mismo Dios, hoy, renueva su alianza con nosotros, su nuevo pueblo, invitándonos a no ser inferiores a esa elección. Dios es nuestra fortaleza, como lo afirma Pablo en su carta: “todo lo podemos en Él que es nuestra fuerza”.

En el evangelio de Juan, se narra el encuentro entre Jesús y Juan el Bautista en las orillas del Jordán. Este encuentro es crucial, pues en él se destacan varios elementos fundamentales para nuestra fe. En primer lugar, Juan señala a Jesús como el “Cordero de Dios”, una imagen profundamente significativa en la tradición cristiana. Este título refleja la misión de Jesús de perdonar los pecados del mundo, siendo el cordero inmolado por la redención de la humanidad, un símbolo que la Iglesia ha mantenido y desarrollado a lo largo de su historia.

El segundo elemento es la preexistencia de Jesús con el Padre. Juan destaca que Jesús no es solo un hombre más, sino que es consustancial con Dios Padre. Esta verdad fue posteriormente afirmada y fundamentada en el Concilio de Nicea en el año 325, donde se declaró que Jesús existía antes de toda creación y que todo fue creado por y para Él.

El tercer elemento es la presencia del Espíritu Santo. El Espíritu desciende sobre Jesús en forma de paloma, marcando el inicio de su misión pública bajo la acción del Espíritu. Lucas reafirma este hecho en su evangelio, cuando menciona que Jesús actúa “lleno del Espíritu Santo”.

El cuarto elemento es el bautismo en el Espíritu Santo, que Juan diferencia del bautismo de agua que él ofrecía en el Jordán. En nuestro bautismo cristiano, ambos bautismos se unen, incorporándonos al cuerpo de Cristo.

Finalmente, el quinto y más importante elemento es la condición de Jesús como Hijo de Dios, una verdad fundamental atestiguada por Juan. Estos cinco elementos son esenciales para nuestra vida cristiana, y al vivirlos conscientemente, podemos ser fieles a nuestra vocación bautismal y al llamado de Dios en nuestra vida de fe.

  

Pensamiento del día.

“En la plenitud de su juventud comenzó su misión pública y así brilló una gran luz (Mt 4,16), sobre todo cuando dio su vida hasta el fin” (ChV 23).


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