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“Las causas subyacentes del conflicto y la explotación de la creación provienen de una crisis ética y cultural, así como de una pérdida del sentido de los límites, del deseo de dominación, de la búsqueda del beneficio inmediato y de la incapacidad de reconocer la dignidad dada por Dios a cada persona humana” (Papa León XIV, XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación 2026).
Este mes que dedicamos a la Biblia como Palabra de Dios revelada, el Papa nos invita a ser colaboradores en el cuidado de la Creación. Y la Palabra que sigue la liturgia para este mes de septiembre nos invita a descubrir que cuidar la casa común comienza también por aprender a cuidar nuestras relaciones, nuestros vínculos y la vida que Dios ha puesto en nuestras manos.
El Evangelio de Mateo 18-21 nos ofrece un camino muy concreto: no podemos permanecer indiferentes ante aquello que destruye la vida. Luego nos lleva al corazón del Evangelio: perdonar sin llevar cuentas, renunciando a las lógicas de violencia que dañan nuestras relaciones y nuestra casa común.
En el capítulo 20, la parábola de los trabajadores de la viña nos confronta con una lógica diferente a la del cálculo y la competencia. El Reino de Dios no se construye desde el “¿qué me corresponde?”, sino desde la gratuidad y la solidaridad. Finalmente, Jesús nos recuerda que no basta con decir “sí”; lo que cuenta es poner la voluntad del Padre en práctica.
Así, durante este mes, la Palabra nos ayuda a pasar del dominio al cuidado, del cálculo a la gratuidad, de la indiferencia a la responsabilidad y de las palabras a los hechos.
Celebrar el Mes de la Biblia no consiste solamente en abrir un libro y leer sus páginas. Es permitir que la Palabra nos abra los ojos para reconocer la presencia de Dios en la vida, en las personas y en toda la Creación. Es dejarnos cuestionar por ella y convertirla en criterio para nuestras decisiones cotidianas.
Que este mes de septiembre nos encuentre con la Biblia en las manos, pero también con el corazón dispuesto a escucharla y con las manos dispuestas a ponerla en práctica. Porque la Palabra que Dios nos dirige siempre nos compromete con la vida.
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