Editorial

Tiempo ordinario


“Yo soy una misión en esta tierra y, para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar” (EG 273).

Desde este recordatorio del Papa Francisco, todo bautizado y bautizada han de reconocerse corresponsables de la misión de Jesús que superando el espacio del Templo lo condujo a los cruces de los caminos y lo comprometió a luchar por la transformación de las realidades injustas. Y en este camino de encarnación de la Buena Nueva del Reino es donde se hacen necesarios los y las creyentes que hagan presente a Jesús con sus palabras y gestos. Nos está costando dejar la pastoral de conservación y nos da miedo arriesgar más. Una vida cómoda e instalada no será capaz de vivir la samaritaneidad que necesita de proximidad, compasión y ternura. Sólo quien tiene una profunda comunión con Jesús puede ver con claridad lo que le hace falta para hacer de su vida cristiana, no una suma de prácticas religiosas, sino una ofrenda de amor contínuo: “Allí aparece la enfermera del alma, el docente del alma, el político del alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás” (EG 273).

Sigamos en nuestro peregrinar hacia la madurez en la fe y en el amor, apostando porque nuestra vida de fe nos haga no sólo buenos creyentes sino mejores personas. Pongamos en nuestra oración personal y comunitaria la realidad latinoamericana sumida en ambientes de corrupción e indiferencia. Nuestras comunidades cristianas sean escuelas donde prevalezca la honradez y la solidaridad capaces de generar esperanza.

Diario Bíblico

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