4ª Semana de Cuaresma
Santa Lea (384)
Ezequiel 37,12-14: Les infundiré mi espíritu y vivirán
Salmo 130: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa
Romanos 8,8-11: El Espíritu del que resucitó a Jesús habita en ustedes
Juan 11,1-45: Yo soy la resurrección y la vida
En aquel tiempo, había un enfermo llamado Lázaro, de Betania, el pueblo de María y su hermana Marta. 2María era la que había ungido al Señor con perfumes y le había secado los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro estaba enfermo. 3Las hermanas le enviaron un mensaje: Señor, tu amigo está enfermo. 4Al oírlo, Jesús comentó: Esta enfermedad no ha de terminar en la muerte; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. 5Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro. 6Sin embargo cuando oyó que estaba enfermo, prolongó su estadía dos días en el lugar. 7Después dice a los discípulos: Vamos a volver a Judea. 8Le dicen los discípulos: Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y quieres volver allá? 9Jesús les contestó: ¿No tiene el día doce horas? Quien camina de día no tropieza porque ve la luz de este mundo; 10quien camina de noche tropieza porque no tiene luz. 11Dicho esto, añadió: Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy a despertarlo. 12Contestaron los discípulos: Señor, si está dormido, sanará. 13Pero Jesús se refería a su muerte, mientras que ellos creyeron que se refería al sueño. 14Entonces Jesús les dijo abiertamente: Lázaro ha muerto. 15Y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean. Vayamos a verlo. 16Tomás –que significa mellizo– dijo a los demás discípulos: Vamos también nosotros a morir con él. 17Cuando Jesús llegó, encontró que llevaba cuatro días en el sepulcro. 18Betania queda cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros. 19Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para darles el pésame por la muerte de su hermano. 20Cuando Marta oyó que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. 21Marta dijo a Jesús: Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. 22Pero yo sé que lo que pidas, Dios te lo concederá. 23Le dice Jesús: Tu hermano resucitará. 24Le dice Marta: Sé que resucitará en la resurrección del último día. 25Jesús le contestó: Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; 26y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Lo crees? 27Le contestó: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo. 28Dicho esto, se fue, llamó en privado a su hermana María y le dijo: El Maestro está aquí y te llama. 29Al oírlo, se levantó rápidamente y se dirigió hacia él. 30Jesús no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde lo encontró Marta. 31Los judíos que estaban con ella en la casa consolándola, al ver que María se levantaba de repente y salía, fueron detrás de ella, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. 32Cuando María llegó adonde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies y le dijo: Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. 33Jesús, al ver llorar a María y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció por dentro 34y dijo muy conmovido: ¿Dónde lo han puesto? Le dicen: Ven, Señor, y lo verás. 35Jesús se echó a llorar. 36Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! 37Pero algunos decían: El que abrió los ojos al ciego, ¿no pudo impedir que éste muriera? 38Jesús, estremeciéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro. 39Jesús dice: Retiren la piedra. Le dice Marta, la hermana del difunto: Señor, huele mal, ya lleva cuatro días muerto. 40Le contesta Jesús: ¿No te dije que, si crees, verás la gloria de Dios? 41Retiraron la piedra. Jesús alzó la vista al cielo y dijo: Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. 42Yo sé que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me enviaste. 43Dicho esto, gritó con fuerte voz: Lázaro, sal afuera. 44Salió el muerto con los pies y las manos sujetos con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desátenlo para que pueda caminar. 45Muchos judíos que habían ido a visitar a María y vieron lo que hizo creyeron en él.
Comentario
La creencia en la vida después de la muerte tiene raíces antiguas en las tradiciones bíblicas. En algunos textos, como en los Salmos o Job, se menciona el Sheol, un lugar sombrío donde los muertos viven sin gozo ni luz, en una existencia vacía. Sin embargo, el profeta Ezequiel ofrece una visión distinta: la resurrección del pueblo exiliado en Babilonia, que estaba como muerto, sin rey, sin templo, y sin esperanza. Este oráculo, en su contexto original, hablaba de la restauración de Israel, pero más tarde se interpretaría como una señal de la fe en la resurrección de los muertos. Era difícil para los piadosos aceptar que los justos y los malvados compartieran el mismo destino de aniquilación en la muerte. Para mantener su sentido de justicia, Dios debía ofrecer una alternativa, y así se fue formando la idea de la resurrección, que sería fundamental en la fe cristiana.
En el evangelio de Juan, el relato de la resurrección de Lázaro anticipa la de Jesús, y revela dos verdades importantes. La primera se encuentra en la declaración de Jesús a Marta: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá.” Aquí, Jesús introduce la idea de que la fe en Él genera una vida que trasciende la muerte física y también la "segunda muerte", es decir, la separación definitiva de Dios. Esta vida eterna se logra “viviendo en Cristo”, lo que se aclara más adelante en los discursos de despedida como cumplir el mandamiento del amor. La segunda verdad es que creer lleva a ver “la gloria de Dios”, como se manifiesta cuando Jesús resucita a Lázaro. Esta visión de la gloria divina es una experiencia transformadora que otorga vida verdadera y duradera.
De esta enseñanza podemos deducir que la vida cristiana no debe estar marcada por el miedo a la muerte o al juicio de los demás. Aunque los misterios de la vida y la muerte nos sigan desconcertando, la promesa de que Dios nos salvará nos llena de esperanza y gratitud. La fe en Cristo nos invita a vivir de manera plena y confiada. Entonces, ¿en qué momentos de nuestra vida podemos contemplar la gloria de Dios? Y, más importante aún, ¿qué tipo de vida nos impulsa a vivir nuestra fe en Cristo?
Pensamiento del día.
“Jesús, como la Resurrección y la Vida, nos invita a confiar en su poder y amor infinitos, recordándonos que, incluso en la oscuridad de la muerte, la fe en Él nos guía a la vida eterna” (Alexandra Sumarriva, Colegio Claretiano Lima, Perú).