Nuestro Editorial

El miércoles de ceniza, es la puerta que abre al tiempo de Cuaresma. Es una invitación a poner ceniza en nuestra cabeza, como alguien que está marcado para vivir cuarenta días de limosna, ayuno y oración (Mt 6,1-18) según la espiritualidad del Nuevo Testamento. Es una invitación a vivir un tiempo en el “desierto”, a tomar distancia de nuestra vida cotidiana y revisar cómo estamos viviendo el seguimiento de Jesús.

San Mateo, en el primer domingo de cuaresma, presenta a (Mt 4,1-11) Jesús en el “desierto”, trayendo a nuestra memoria al pueblo de Dios que atraviesa “su desierto”, durante cuarenta años, con dudas y murmuraciones y con el anhelo de volver a las “ollas de carne" que tenían en Egipto. El pueblo de Israel, que venía de la opresión y de la esclavitud, buscaba la tierra prometida que manaba leche y miel. Para tal fin, era necesario cruzar el “desierto”. Este tiempo le permitió reflexionar sobre su experiencia de Dios y su propia limitación. El desierto significa el tiempo de la toma de conciencia con respecto al proyecto de vida que queremos para nosotros y para nuestra sociedad.

Transitar por el “desierto” significó, para Israel, sentir amenazaba su supervivencia. Parecía que el sueño de la tierra prometida iba al fracaso. Al mismo tiempo Israel experimentó a un Dios cercano que hace una Alianza con su pueblo, posibilitó cruzar el desierto. Del mismo modo, Jesús vive su desierto, su toma de conciencia y esto le permite desinstalarse de las estructuras de poder y proponer el Reino de Dios (Mt 4,17)

La transfiguración de Jesús (Mt 17,1-13), en el segundo domingo de cuaresma, nos invita a “bajar” al encuentro de los demás, aunque a veces exclamamos desde nuestra comodidad eclesial y comunitaria “¡Qué bien se está aquí Señor!” (Constru-yamos tiendas sólo para nosotros). Jesús no quiere quedarse en la montaña y prefiere continuar con la misión comunitariamente.

El encuentro con la Samaritana (Jn 4), en el tercer domingo de cuaresma, y con el Ciego de nacimiento (Jn 9), en el cuarto, muestran claramente la capacidad que tiene Jesús, agua viva y luz del mundo, de hacer de ellos personas dignas, acogidas y partícipes de su misión.

El relato de la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-45) del último domingo de cuaresma, nos introduce a la pascua de Jesús, que devuelve la vida a su amigo, ordenando a los demás que lo dejen caminar (11,43). Si tenemos vida es para caminar juntos y superar las ataduras que no nos permiten hacerlo. Por esto es importante vivir la cuaresma como tiempo de “desierto”, porque una vez que lo atravesemos, tomemos conciencia del proyecto de Jesús, lograremos un encuentro pleno con la vida.

La Cuaresma nos prepara para vivir auténticamente una pascua con Jesús, que nos muestra que la esperanza es posible para quienes confiamos en él. Ahora podemos desvelar nuestra vida llena de sueños para trabajar por ellos.

Nuestro paso por la vida es efímero, por ello debe ser validado por las obras que hagamos. Jesús tradujo la limosna, el ayuno y la oración en justicia, solidaridad, servicio y entrega a las causas de la Vida. Nos urge identificarnos con la realidad actual para que, junto al Padre Antonio María Claret, podamos decir, “el amor de Cristo me apremia”

Alejandro Quezada, cmf

Diario Bíblico