Consulta diaria

Primera lectura: Hch 20,17-27: 
Cumplo el encargo del Señor
Salmo: 67: 
Reyes de la tierra, canten al Señor
Evangelio: Jn 17,1-11a: 
Padre, glorifica a tu Hijo

7ª Semana de Pascua Mariana de Jesús (1645) Felipe Neri, fundador (1595)

1 Jesús, levantando la vista al cielo, dijo: Padre, ha llegado la hora: da gloria a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria;
2 ya que le has dado autoridad sobre todos los hombres para que dé vida eterna a cuantos le has confiado.
3 En esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías.
4 Yo te he dado gloria en la tierra cumpliendo la tarea que me encargaste hacer.
5 Ahora tú, Padre, dame gloria junto a ti, la gloria que tenía junto a ti, antes de que hubiera mundo.
6 He manifestado tu nombre a los hombres que separaste del mundo, para confiármelos: eran tuyos y me los confiaste y han cumplido tus palabras.
7 Ahora comprenden que todo lo que me confiaste procede de ti.
8 Las palabras que tú me comunicaste yo se las comuniqué; ellos las recibieron y comprendieron realmente que vine de tu parte, y han creído que tú me enviaste.
9 Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has confiado, pues son tuyos.
10 Todo lo mío es tuyo y lo tuyo es mío: en ellos se revela mi gloria.
11 Ya no estoy en el mundo, mientras que ellos están en el mundo; yo voy hacia ti.

Comentario

En un cuadro muy afín al género literario de las despedidas, Lucas esboza la figura apostólica de Pablo y su itinerario. El Apóstol se encamina a Jerusalén donde quiere estar para celebrar la fiesta judía de Pentecostés. Lleva consigo la colecta de las comunidades cristianas griegas como signo de comunión con las comunidades cristianas judías. A su paso por Mileto, y ante los ancianos que encabezan la iglesia de Éfeso, hace una somera retrospectiva y esboza las tribulaciones que le aguardan en Jerusalén.

Pablo está muy consciente de su destino, lo enfrenta con entereza, sabiendo que cumple cabalmente con el encargo recibido del Señor. La conciencia apostólica del evangelizador debe ser muy clara, también en cuanto a las consecuencias dolorosas que le puede acarrear su tarea. El Evangelio tiene la fuerza de Dios y la debilidad humana; por eso puede ser tergiversado o silenciado, cuando las circunstancias no parecen convenientes.

¿Alguna vez ha sido traicionada la verdad del Evangelio?
¿Cómo nutre el evangelizador su fidelidad a Cristo Jesús?

 

 

 

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