Consulta diaria

Primera lectura: Hechos 8,5-8.14-17: 
Aclamen al Señor, tierra entera
Salmo: 65: 
Aclamen al Señor, tierra entera
Segunda lectura: 1 Pedro 3,15-18: 
Jesús resucitó por el Espíritu
Evangelio: Juan 14,15-21: 
El Padre les dé otro defensor

6º DE PASCUA Julia Salzano (1929) Pascual Bailón (1592)

15 Dijo Jesús a sus discípulos: Si me aman, cumplirán mis mandamientos;
16 y yo pediré al Padre que les envíe otro Defensor que esté siempre con ustedes:
17 el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
18 No los dejo huérfanos, volveré a visitarlos.
19 Dentro de poco el mundo ya no me verá; ustedes, en cambio, me verán, porque yo vivo y ustedes vivirán.
20 Aquel día comprenderán que yo estoy en el Padre y ustedes en mí y yo en ustedes.
21 Quien recibe y cumple mis mandamientos, ése sí que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.

Comentario

Samaría era territorio hostil para los judíos desde tiempo inmemorial, y refugio natural cuando las disputas religiosas amenazaban la propia vida. En aquellos terrenos el movimiento de los galileos encontró tierra fértil, como deja asentado el relato de la lectura de Hechos. Felipe era uno de los judíos helenistas de Jerusalén que sufrieron persecución judía debido a sus puntos de vista universalistas, pues relativizaban la función del templo y las prescripciones mosaicas, entre otros asuntos en Lisa.

Se fue a refugiar a Samaría, donde su predicación sembraba la alegría en todos porque estaba respaldada con las señales de curaciones y exorcismos. Pedro y Juan debieron bajar para, con la imposición de las manos sobre los convertidos a Cristo, sellar la comunión fraterna en la misma fe.

El autor de la Primera carta de Pedro exhorta a los fieles a la modestia y respeto cuando se trate de mostrar a los extraños la coherencia de la propia fe, de modo que sean las obras las que hablen y no la elocuencia apabullante. “Contra los hechos no valen los argumentos”, dice el adagio.

No hay mejor defensa y argumentación de la fe en Cristo Jesús que las buenas obras, realizadas por el propio creyente; ellas avasallan cualquier cuestionamiento. El fundamento del buen hacer de los fieles no es alcanzar un estado de virtud superior al de los demás, sino asimilarse al ejemplo de Cristo, cuya obra redentora condensan las últimas líneas.

El texto evangélico de Juan viene de los discursos de despedida de Jesús. En ellos se asegura a los discípulos que la partida de Jesús no significa dejarlos huérfanos. Él mismo rogará al Padre para enviarles otro consolador, que los hará caminar con toda certeza cuando las situaciones los hagan zozobrar. Dicho consolador es el Espíritu de la verdad, que les certificará en el cumplimiento del amor discipular.

Las tres lecturas nos conducen a fijarnos en el Espíritu Santo. En apretada síntesis podríamos decir que el Espíritu significa para el creyente: comunión eclesial, fuerza vivificadora y sello de la alianza mesiánica. El Espíritu Santo no anula las diferencias entre los creyentes, para uniformarlos en la misma opinión. No.

Lo que hace es unificar en la diversidad, por encima de las diferencias étnicas y sociales, avivar el misterio pascual en la espiritualidad del creyente y unir indisolublemente con Cristo mediante el cumplimiento del amor mutuo. Por eso cabe preguntarnos dónde y cómo se nota la actuación del Espíritu de Dios.

 

 

 

 

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