Consulta diaria

Primera lectura: Job 38,1.12-21; 40,3-5: 
¿Has mandado a la mañana, o has entrado por el mar?
Salmo:   138
Guíame, Señor, por el camino eterno
Evangelio: Lc 10,13-16:
Quien me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado

13 En aquel tiempo Jesús les dijo: ¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Porque, si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y Sidón, hace tiempo habrían hecho penitencia vistiéndose humildemente y sentándose sobre cenizas.
14 Y así, el juicio será más llevadero para Tiro y Sidón que para ustedes.
15 Y tú, Cafarnaún, ¿pretendes encumbrarte hasta el cielo? Pues caerás hasta el abismo.
16 Y dijo a sus discípulos: –El que a ustedes escucha a mí me escucha; el que a ustedes desprecia a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me envió.

Comentário

Pocas veces pensamos en las emociones de Jesús. En nuestra espiritualidad latinoamericana, Jesús es representado muerto, casi siempre, lleno de sangre, “varón de dolores” y sin emociones. Contrariamente, el Jesús de los evangelios está lleno de emociones: llora, sufre, ama, bendice y a veces maldice. Hoy las ciudades ricas de Tiro y de Sidón (Is 23; Ez 26,15-21), al igual que los poblados de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, son objetos de maldiciones. ¿Por qué tanta negatividad de parte de Jesús? ¡Por haber rechazado abiertamente el mensaje de Jesús, aun cuando habían visto sus milagros! En realidad, no es que Jesús las maldiga, son a los habitantes con sus respectivos lugares quienes no han aceptado su propuesta de comunidad alternativa y se pierden en el caos.

La ciudad puede ser caótica, inhóspita y deshumanizadora para las personas que tratan de vivir de acuerdo a lo que Jesús quiere. Pese a la negatividad que pueda contener una ciudad, como Jesús, tenemos que predicar, anunciar y “realizar milagros” que inviten a la conversión a sus habitantes. Jesús no condena. Son algunas ciudades y sus habitantes las que se separan de la propuesta de Jesús. La bendición o maldición de la ciudad, de los habitantes y de la casa, no depende de Jesús, sino del aceptar o rechazar su mensaje. ¿Si viniera Jesús a tu ciudad que diría de ella?